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Qué ver en Nikko en un día: la excursión desde Tokio

Si al cuadrar cuántos días necesitas te sobra uno en Tokio, te va a tocar elegir excursión. Y hay tres candidatas que salen siempre: Nikko, Kamakura y Hakone. Yo elegí Nikko y lo volvería a hacer, aunque te adelanto que la razón por la que la recomiendo no es la que yo esperaba antes de ir.

Nikko es un pueblo de montaña a unos 140 kilómetros al norte de Tokio, y tiene dos mitades muy distintas: por la mañana, el conjunto de templos más recargado y ostentoso de todo Japón; por la tarde, un lago volcánico de altura y una de las cascadas más famosas del país. Esa mezcla es exactamente lo que la hace ganar.

Aquí va qué ver en Nikko en un día, cómo encajarlo y por qué la puse por delante de las otras dos. (En mi itinerario de 14 días ocupa el tercero, a mitad de los días de Tokio, y ese sitio no es casual: va bien cuando ya llevas un par de días de ciudad.)

Por qué Nikko es así (y en qué te afecta)

Merece la pena saber de dónde sale todo esto, porque cambia lo que vas a ver.

Nikko existe tal como es por Tokugawa Ieyasu, el guerrero que unificó Japón en 1603 y puso en marcha 250 años de paz. Cuando murió, sus descendientes decidieron enterrarlo aquí arriba, entre bosques de cedros, y construirle un mausoleo a la altura de lo que había hecho. Y "a la altura" significó algo muy concreto: saltarse por completo la sobriedad que caracteriza a la arquitectura religiosa japonesa.

Porque eso es lo que te vas a encontrar, y conviene que lo sepas antes: los templos de Nikko son una explosión de oro, color y tallas minuciosas hasta el último centímetro. Nada de jardines de grava, madera desnuda y silencio. Aquí la idea era deslumbrar al visitante, y sigue funcionando. Hay un dicho japonés que resume la fama del sitio: no digas kekkō —espléndido— hasta que hayas visto Nikko.

¿En qué te afecta esto? En dos cosas. La primera, que si vienes buscando el Japón zen y contemplativo, aquí vas a encontrar justo lo contrario, y por eso mismo complementa tan bien lo que ves en Tokio o en Kioto. Y la segunda, que Nikko está en la montaña: los templos rondan los 600 metros y el lago pasa de los 1.200. Si vas en verano, eso significa bastantes grados menos que en el horno de la ciudad, y se agradece más de lo que imaginas.

Nikko, Kamakura o Hakone: por qué elegí Nikko

Como solo cabía una excursión, me tocó decidir. Te dejo mi razonamiento por si te ahorra la deliberación, porque las tres son buenas:

  • Kamakura es probablemente la más equilibrada de las tres: templos, naturaleza y mar, muy cerca de Tokio y facilísima de hacer por tu cuenta. La descarté por un motivo concreto: su fuerte son los templos y su Gran Buda, y eso lo iba a tener de sobra más adelante en Kioto y en Nara. Habría sido adelantar lo que venía después.
  • Hakone combina aguas termales, museos de arte y, con suerte, vistas al monte Fuji. Es un clásico absoluto y entiendo su fama. Pero tiene dos problemas para un día suelto: funciona mucho mejor con noche (el sentido del sitio es el onsen y la calma, y eso pide dormir allí), y el Fuji se esconde muchísimo en verano, que es cuando yo iba. Pagar el viaje para no ver la montaña es una lotería que preferí no jugar.
  • Nikko ganó porque es la única que te da dos cosas completamente distintas en la misma jornada: patrimonio de primer nivel por la mañana y montaña de verdad por la tarde. Con pocos días en Japón, esa densidad importa.

Si tu viaje no pasa luego por Kioto ni Nara, mi consejo cambia: entonces Kamakura tiene mucho más sentido, porque te da los templos que de otro modo te perderías y está bastante más cerca.

Cómo llegar a Nikko desde Tokio

Esta es una de las cosas más cómodas de la excursión: el tren sale directo desde Asakusa, de la estación de la compañía Tobu, que está pegada a la estación de metro. Si te alojas por la zona, como fue mi caso, sales del hotel y en cinco minutos estás subiendo al tren.

Lo que yo haría, y lo que hice: coger el Limited Express, el tren rápido con asiento reservado. Tarda una hora y cincuenta minutos y va cómodo. Se puede llegar más barato en trenes locales con transbordo, pero tardas bastante más, y en un día de excursión el tiempo es justo lo que no te sobra.

Reserva el asiento. En temporada alta estos trenes se llenan, y quedarte de pie casi dos horas de ida y otras dos de vuelta arruina el día. Es la única reserva que exige esta excursión.

Un aviso sobre el horario, y este es importante: Nikko es de los pocos sitios donde madrugar renta de verdad. Saliendo sobre las ocho llegas hacia las diez y el día cuadra, pero vas con el tiempo medido. Si puedes salir una hora antes, esa hora la ganas entera arriba, en la parte de montaña, que es la que más se resiente si vas justo.

Cómo repartir el día

El día se organiza solo en dos bloques, y el orden importa: templos por la mañana, montaña por la tarde. Los templos están todos juntos y se recorren andando; la parte natural queda a media hora en autobús, subiendo. Hacerlo al revés significaría bajar de la montaña con los templos ya cerrados.

Este es el reparto que seguí:

  • 10:00 — llegada. Los templos están a un paseo corto desde la estación.
  • 10:20 — el puente rojo, y de ahí subiendo al conjunto de templos.
  • 11:15Tōshō-gū, hora y media larga. Es el plato fuerte y no conviene correrlo.
  • 12:50 — el mausoleo del nieto, que casi nadie visita.
  • 13:20 — comida en el pueblo.
  • 14:15 — autobús de subida a la montaña. El trayecto ya es parte del plan.
  • 15:00 — la cascada y luego la orilla del lago.
  • 16:30 — bus de bajada y tren de vuelta. En Tokio, sobre las siete y media.

Sale un día largo, con casi cuatro horas de tren entre ida y vuelta. No planifiques nada exigente para esa noche.

Los templos: la mañana

Todo el conjunto está declarado Patrimonio de la Humanidad y se recorre a pie, subiendo entre cedros enormes.

El puente Shinkyō

Antes de llegar a los templos cruzas la vista del puente sagrado, lacado en rojo intenso sobre el río, con el bosque detrás. Es la puerta simbólica de entrada al recinto y la postal clásica del sitio. Se puede pagar por pisarlo, aunque la foto y la vista buena las tienes desde fuera. Quince minutos y sigues subiendo.

Rinnō-ji

El templo budista principal, y el aperitivo antes del plato fuerte. Su gran salón guarda tres budas dorados de varios metros que se ven desde muy cerca, en penumbra. Es solemne y va rápido: media hora basta.

Tōshō-gū, el motivo del viaje

Aquí está el mausoleo de Ieyasu, y fue el monumento que más me impresionó de toda la excursión, que ya es decir en un día con tantas cosas potentes.

Lo que lo hace único es la acumulación. La pieza central es la puerta Yōmeimon, cubierta de arriba abajo de tallas doradas y policromadas: dragones, sabios chinos, animales, flores, cientos de figuras en una sola puerta. Uno se queda un rato largo simplemente localizando cosas.

Y luego están los dos relieves que todo el mundo busca, y que conviene que sepas identificar porque son pequeños y pasan desapercibidos:

  • Los tres monos sabios —el que no ve, el que no oye y el que no habla—, tallados en un establo del recinto. Sí, el original está aquí: esa imagen que has visto mil veces en emojis y camisetas sale de esta pared.
  • El gato durmiente, una talla diminuta sobre una puerta, famosa hasta el punto de tener su propia entrada en las guías japonesas. Es tan pequeña que hay gente parada señalándola para que los demás la encuentren.

Desde ahí sale una escalera de piedra que sube entre cedros hasta la tumba del shogun, arriba del todo y mucho más sobria que el resto. Son unos escalones de más, pero merecen la pena: es el único punto tranquilo del conjunto.

Taiyū-in, el que casi nadie pisa

A un paseo corto está el mausoleo del nieto de Ieyasu, y es mi recomendación menos obvia del día. Tiene una estética muy parecida a la de Tōshō-gū —el mismo despliegue de oro y color— pero a menor escala, más metido entre árboles y prácticamente vacío.

Es el mismo tipo de belleza sin las multitudes. Si Tōshō-gū te ha saturado un poco, y es fácil que pase, aquí lo digieres en calma. Veinticinco minutos.

La montaña: la tarde

Y aquí viene el giro. Después de una mañana de oro y tallas, subes a la montaña, y fue esta segunda mitad la que terminó de justificarme la excursión. Iba por los templos y volví valorando igual o más la tarde. Después de tantos días de barrios y templos en Tokio, agradecí muchísimo el cambio de paisaje.

La subida por Irohazaka ya es parte del espectáculo. Es una carretera de montaña con unas veinte curvas cerradas, y tiene un detalle encantador: cada curva está numerada con una letra del silabario japonés, siguiendo un poema clásico. Vas ganando altura entre bosque, con el valle abriéndose abajo. Cincuenta minutos de autobús que no se hacen largos.

La cascada de Kegon es la parada estrella de arriba: casi cien metros de caída, alimentada por el lago que hay justo encima. Se ve gratis desde una plataforma superior, y hay un ascensor que te baja hasta la base para verla desde abajo, de frente. Merece pagarlo: la perspectiva es completamente distinta y se siente la humedad del agua pulverizada.

El lago Chūzenji cierra el día. Está a unos 1.270 metros y lo formó el volcán que tiene al lado, el monte Nantai, al taponar el valle con una colada de lava. Es grande, fresco y tranquilo, con el cono del volcán presidiendo. No hay que hacer nada especial: pasear un rato por la orilla, sentarse y respirar aire de montaña antes de bajar. Después de un día de templos abarrotados, ese rato vale mucho.

Qué dejé fuera

Con un día no da para más, así que estas tres se quedaron en la lista, y las tres son buenas:

  • Kanmangafuchi, un desfiladero junto al río con una hilera de unas setenta estatuas de piedra de Jizō alineadas, cubiertas de musgo y con gorritos rojos. Suena mágico y es de lo menos turístico de Nikko. Es la alternativa natural si prefieres cambiar la montaña por algo más recogido y te ahorras el autobús; yo elegí el lago porque quería el contraste de paisaje.
  • El teleférico de Akechidaira, que sube a un mirador desde donde se ven a la vez el lago y la cascada desde arriba. Cae por tiempo, sin más. Si vas con margen, es un desvío corto en la subida.
  • Yumoto Onsen, unas aguas termales al fondo del valle, más allá del lago. Solo entra si sales muy temprano, y honestamente pide quedarse a dormir.

Y si estás valorando el monte Takao, esa montaña con teleférico que sale como escapada fácil desde Tokio: es buena opción, pero hace el mismo papel que Nikko y bastante más pequeño. Elige una.

Qué comer en Nikko

Dos cosas locales que sí merecen que las busques:

  • Yuba — la fina nata que se forma al hervir la leche de soja, recogida en láminas. Es la especialidad absoluta de Nikko por su tradición de cocina de monasterio, y se sirve de mil formas: en rollitos, frita, sobre arroz o en el caldo. Suena a poca cosa y tiene una textura sorprendente.
  • Soba de montaña — fideos de trigo sarraceno, que en esta zona se hacen con el agua de deshielo y tienen fama propia. En verano se toman fríos, con salsa aparte para mojar.

Como en el resto del viaje, no te doy locales concretos: el pueblo es pequeño y la zona de restaurantes está entre la estación y los templos.

¿Te compensa a ti?

Ve a Nikko si quieres dos cosas distintas en un solo día y no te importa un madrugón y cuatro horas de tren. La combinación de patrimonio ostentoso por la mañana y montaña por la tarde no la da ninguna otra excursión desde Tokio, y en verano el alivio del calor es un extra que se nota nada más bajar del tren.

No vayas si el resto de tu viaje ya está lleno de templos y lo que buscas es naturaleza sin más (hay opciones más directas), ni si te agobia un día con tanto transporte. Y si tu ruta no incluye Kioto, replantéatelo: en ese caso Kamakura probablemente te dé más.

Y si vas, hazme caso en una cosa: reserva el asiento del tren y sal una hora antes de lo que tenías pensado. Es lo único que separa un día redondo de un día con prisas al final.