Viajando a Fondo

Qué ver en Kioto: guía por zonas tras cuatro días reales

Qué ver en Kioto zona a zona: qué templos merecen la pena, cuáles me saltaría y a qué hora ir a cada uno. Tras cuatro días reales en la ciudad.

Por Edu · Actualizado en

El túnel de torii de Fushimi Inari
El túnel de torii de Fushimi Inari

En Kioto no vas a tener problema para llenar los días. El problema es justo el contrario: hay unos 1.600 templos y 400 santuarios, todo suena imprescindible, y al tercer día te das cuenta de que ver un templo más ya no te aporta nada. Fue la ciudad culturalmente más impresionante del viaje y también, con diferencia, la más agotadora.

Lo que de verdad me cambió la ciudad fue empezar a elegir a qué hora iba a cada sitio. Kioto es la ciudad más masificada de Japón y en verano se junta lo peor: calor húmedo de más de treinta grados y multitudes en los mismos seis o siete sitios. Con los iconos a primera hora, los interiores en el pico de calor y las joyas al anochecer, la misma ciudad se convierte en otra cosa.

Así que esta guía de qué ver en Kioto va ordenada por zonas, que es como se recorre de verdad, y te digo de cada sitio qué es, por qué merece o no la pena y a qué hora ir. Voy a explicártelo todo como si fuera tu primera vez en Japón, porque probablemente lo sea. Si todavía estás cuadrando el viaje entero, mira antes cuántos días necesitas; y si quieres ver cómo encajé Kioto dentro de la ruta, está en el itinerario día a día.

La plataforma de madera de Kiyomizu-dera
La plataforma de madera de Kiyomizu-dera

Por qué Kioto es así (y en qué te afecta)

Merece la pena entender dos cosas antes de organizar nada, porque explican todo lo que te vas a encontrar.

La primera: Kioto fue la capital de Japón durante más de mil años, desde el 794 hasta 1868. Mil años de emperadores, de corte imperial y de dinero concentrados en el mismo valle, compitiendo por levantar el templo más impresionante.

La segunda es la que de verdad lo cambia todo. A diferencia de casi todas las grandes ciudades japonesas, Kioto se libró de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial: se dice que la sacaron de la lista de objetivos precisamente por su valor cultural. Tokio, Osaka, Hiroshima y tantas otras tuvieron que reconstruirse desde cero después de 1945. Kioto no. Por eso aquí sigue en pie lo que en el resto del país desapareció: unos 1.600 templos y 400 santuarios, diecisiete sitios Patrimonio de la Humanidad y los últimos barrios de geishas en activo que quedan en Japón.

¿Y en qué te afecta esto a ti, que vas cuatro días? En dos cosas muy concretas. La primera, que la lista de imprescindibles es sencillamente inabarcable, así que vas a tener que renunciar a cosas buenas y conviene que lo decidas tú antes de que lo decida el cansancio. Y la segunda, que todo el mundo sabe esto: Kioto es la ciudad más masificada de Japón, con diferencia. Esa es la razón por la que el resto de esta guía está organizada obsesivamente alrededor de las horas. (Y si las multitudes son tu mayor miedo, guárdate una carta: Kanazawa da buena parte de este mismo Japón tradicional sin nada de esta presión.)

La cuesta de Sannenzaka con la pagoda de Yasaka al fondo
La cuesta de Sannenzaka con la pagoda de Yasaka al fondo

Cuántos días necesitas en Kioto

Yo tuve cuatro noches, que en la práctica fueron media tarde de llegada y tres días completos. Y uno de esos tres se lo llevó entero Nara. O sea: Kioto ciudad la vi en dos días y medio largos. ¿Me faltó tiempo? Sí, pero menos de lo que esperaba, porque en Kioto cunde mucho más repartir bien los días que sumar uno más.

Mi recomendación honesta, según lo que tengas:

  • Un día: Higashiyama entero, la franja de templos del este, que se recorre andando de sur a norte. Y si puedes estirar hasta el anochecer, Fushimi Inari.
  • Dos días: Higashiyama (la franja de templos del este) un día y Arashiyama más el Pabellón de Oro el otro, con Fushimi Inari al anochecer encajado en cualquiera de los dos. Te dejas Nara fuera sin dudarlo.
  • Tres días: lo anterior con calma, más el centro, Gion y una noche sobre el río. Es el mínimo para que Kioto no te sepa a carrera.
  • Cuatro días: los tres de arriba más Nara, que se merece la jornada completa. Es lo que hice y lo que recomendaría.
  • Cinco o más: ahí ya puedes meter los sitios que casi nadie ve (los pueblos de montaña del norte, el barrio del sake) y bajar el ritmo, que en verano se agradece más de lo que crees.

Si vas justo de días en el conjunto del viaje, mi consejo es que recortes otras ciudades antes que Kioto, pero que no intentes meter Kioto entero en dos días. Es la ciudad donde ir con prisa más se nota.

El acueducto de ladrillo rojo dentro del recinto de Nanzen-ji
El acueducto de ladrillo rojo dentro del recinto de Nanzen-ji

Los cinco que yo no me perdería

Con 1.600 templos, lo difícil es decidir cuáles siguen aportando algo cuando llevas tres días viéndolos. Si tuviera que quedarme solo con cinco, serían estos, y más abajo te explico cada uno en su zona:

  • Kiyomizu-dera — el gran icono de la ciudad, y de los pocos sitios famosos que merecen la fama sin matices. Ve antes de las nueve de la mañana.
  • Sanjūsangen-dō — el salón de las 1.001 figuras de Kannon. Fue la mayor sorpresa de todo mi viaje a Japón y es el que menos gente pisa de esta lista.
  • Nanzen-ji — por el acueducto de ladrillo rojo en medio del recinto zen, que no te esperas, y porque es el mejor refugio de la ciudad en las horas de calor.
  • Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata — con jardín de musgo y mucha más profundidad que el famoso Pabellón de Oro.
  • Fushimi Inari — técnicamente un santuario y no un templo, y aun así lo primero que te recomendaría de Kioto. Al anochecer, nunca de día.
El cono de arena y el jardín de musgo de Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata
El cono de arena y el jardín de musgo de Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata

Mi reparto: cómo agrupé los días

Esto es lo que marca la diferencia entre disfrutar Kioto y salir de allí reventado. La ciudad es grande, los templos están repartidos en anillos alrededor del centro y un traslado mal pensado te come una hora larga. Así que agrupé cada jornada por zona geográfica, y dentro de cada jornada seguí siempre la misma lógica de horarios, que es la que te recomiendo copiar tal cual: el sitio famoso, nada más abrir; los interiores y la sombra, en las horas de calor; y lo que mejora de noche, al anochecer.

  • Día 1 (media tarde) — El centro y Gion. Llegué a mediodía, así que fue una tarde corta, pero perfecta porque todo se hace andando desde el centro. Un salón de mil estatuas, el templo zen más antiguo de la ciudad, el mercado y, al caer la tarde, el barrio de geishas a la hora exacta en la que salen a trabajar. Cena sobre el río.
  • Día 2 — Higashiyama, la franja del este. La gran caminata de Kioto, de sur a norte por las colinas del este, encadenando templos a pie. El icono a las ocho de la mañana y los recintos umbríos a mediodía.
  • Día 3 — Arashiyama y el noroeste. Al oeste a primera hora para el bosque de bambú antes de que se llene, los templos escondidos que casi nadie pisa, y por la tarde el Pabellón de Oro y el jardín de piedras más famoso del mundo.
  • Día 4 — Nara y Fushimi Inari. El día que mejor engrana de todo el viaje, y no por casualidad: Nara por la mañana y, a la vuelta, bajarte del tren en Fushimi Inari para subir los diez mil torii al atardecer.

Fíjate en que ningún día repite zona y en que los tres sitios más masificados de Kioto (Kiyomizu-dera, el bambú y Fushimi Inari) caen en franjas distintas y siempre fuera de la hora punta. Está hecho a propósito, y es lo que más me cundió de toda la planificación.

El sendero del bosque de bambú de Arashiyama
El sendero del bosque de bambú de Arashiyama

Dónde alojarte en Kioto

Me alojé en Sanjō / Kawaramachi, el centro de la ciudad, justo al lado del río Kamo, y volvería a hacerlo. La razón es sencilla: desde ahí tienes andando el mercado de Nishiki, el callejón de Pontochō con sus terrazas sobre el río, la calle de bares de Kiyamachi y el propio barrio de Gion. Todo lo que hace que Kioto sea bonita de noche lo tienes a cinco o diez minutos a pie, y eso importa mucho, porque después de un día entero de templos con calor lo último que te apetece es coger un bus.

Las otras dos opciones razonables tienen sentido según lo que priorices. Junto a la estación de Kioto estarás mejor conectado para el tren y las excursiones, y suele salir más barato, pero la zona en sí es fea y muerta de noche. En Gion o Higashiyama dormirás en el Kioto de postal, con templos y callejuelas de piedra a la puerta, aunque pagarás más y quedarás algo apartado del centro.

Un apunte práctico: Kioto se llena en primavera por los cerezos y en otoño por los arces, y en esas dos temporadas el alojamiento sube muchísimo y vuela con meses de antelación. Si vas entonces, reserva mucho antes de lo que te parezca razonable.

La alfombra de musgo y la cabaña con techo de paja de Gio-ji
La alfombra de musgo y la cabaña con techo de paja de Gio-ji

Cómo moverte por Kioto

Aquí conviene bajar una expectativa: Kioto no es Tokio. Si vienes de allí, como fue mi caso, te vas a llevar una sorpresa, porque el metro de Kioto son solo dos líneas y no llegan a la mayoría de los sitios que quieres ver. La ciudad se mueve sobre todo en autobús, y los autobuses en hora punta van llenos y lentos.

Mi regla fue la misma que en Tokio pero adaptada: andar todo lo posible dentro de cada zona (Higashiyama entero se hace a pie, y es parte de la gracia) y usar el bus o el tren solo para los saltos largos, como cruzar al oeste hasta Arashiyama o subir al noroeste. Sácate una tarjeta recargable tipo Suica, Pasmo o ICOCA y olvídate de monedas: la pasas al bajar del bus y ya está.

Dos apuntes que agradecerás. El primero: para Arashiyama y para el noroeste, el tren es bastante más rápido y fiable que el bus. Existe además el Randen, la última línea de tranvía que le queda a Kioto, de 1910, que cruza barrios residenciales que de otro modo no verías; cogerlo entre Arashiyama y la zona del Pabellón de Oro merece la pena por el trayecto en sí. El segundo: si vas en verano, cuenta con que las distancias andando se hacen mucho más duras de lo que parecen en el mapa. Yo camino veinte kilómetros al día sin problema y aun así el calor y la humedad de Kioto me obligaron a replantear alguna tarde.

Las terrazas de madera sobre el río Kamo, en Pontochō
Las terrazas de madera sobre el río Kamo, en Pontochō

Higashiyama: la franja de templos del este

Si solo tienes un día en Kioto, gástalo aquí. Higashiyama significa literalmente "montaña del este", y es la franja de colinas donde los aristócratas y los shogunes construyeron sus villas de retiro: estaba fuera de la ciudad pero con vistas a ella. Hoy es una sucesión de templos, jardines y callejuelas de piedra que se recorren andando, de sur a norte, y es a la vez el Kioto de postal y su mayor concentración de turistas. De ahí la regla del día: el icono a primera hora, la sombra a mediodía.

Kiyomizu-dera, el que sí merece la fama

Empieza por el templo más famoso de la ciudad, fundado en el año 778. Su gran salón se sostiene sobre una plataforma de madera a trece metros de altura, levantada con centenares de pilares encajados y sin un solo clavo. De ahí viene un dicho japonés equivalente a nuestro "tirarse a la piscina": saltar desde el escenario de Kiyomizu. Abajo está la cascada Otowa, donde la gente hace cola para beber con unos cazos alargados de mango largo: cada uno de los tres chorros concede una cosa distinta (salud, amor y éxito) y beber de los tres se considera codicioso, así que elige.

Te lo digo claro porque no siempre pasa con los sitios famosos: Kiyomizu-dera mereció totalmente la fama. Y la clave es la hora. Abre a las seis de la mañana, así que si llegas sobre las ocho lo recorres antes de que se convierta en un hormiguero. A media mañana es otra cosa.

Las cuestas de Sannenzaka y Ninenzaka

Bajando desde el templo hay dos cuestas empedradas, Sannenzaka y Ninenzaka, con casas de madera, tiendas de cerámica y de dulces, y al final asoma entre los tejados la pagoda de cinco pisos de Yasaka: es la foto de Kioto, la que has visto mil veces sin saber cómo se llamaba.

Un aviso sobre estas cuestas: se llenan muy rápido. A las nueve y media todavía se camina; a las once es prácticamente imposible y pierden buena parte de su encanto. Y el truco que de verdad las salva: vuelve de noche. Con las tiendas cerradas, las cuestas iluminadas y la pagoda recortada al fondo, tienes exactamente el mismo sitio para ti solo. Es de lo mejor que hice en la ciudad. (Curiosidad local: la leyenda dice que si te caes en estas cuestas tendrás dos o tres años de mala suerte. Están empedradas y en pendiente, así que tampoco es solo superstición.)

Los templos de en medio

Siguiendo hacia el norte se encadenan varios que la mayoría se salta y que a mí me parecieron un acierto:

  • Kōdai-ji, que mandó construir la viuda del gran unificador de Japón en memoria de su marido. Tiene jardín zen, estanque y un bosquecillo de bambú en miniatura mucho más tranquilo que el famoso de Arashiyama. Si el de allí te decepciona, este te reconcilia.
  • Chion-in, cuya puerta de entrada es la más grande de Japón, con veinticuatro metros, y cuya campana de setenta toneladas necesita diecisiete monjes para tocarla. La escala es abrumadora y te pilla de paso.
  • Shōren-in, pequeño, silencioso y con unos alcanforeros enormes retorciéndose en la entrada. Casi nadie entra. Te sientas en el tatami mirando el jardín de musgo y no se oye absolutamente nada. Es el contrapunto perfecto antes de comer.

Nanzen-ji y su acueducto romano

Después de comer, cuando aprieta el calor, este es el mejor refugio de la ciudad: un recinto umbrío y fresco de uno de los templos zen más importantes de Japón, con una puerta monumental a la que puedes subir. Pero lo que lo hace único es una rareza absoluta: en medio del recinto hay un acueducto de ladrillo rojo de estilo romano, construido en 1890 para traer agua desde un lago cercano.

Ver arcos romanos entre templos zen es una de las imágenes más raras que me llevé de Japón, y de las que mejor recuerdo. Me sorprendió más que varios templos importantes del mismo día, y eso que iba sin esperar nada de él.

El Camino del Filósofo y Ginkaku-ji

De ahí sale el Camino del Filósofo, un sendero de dos kilómetros junto a un canal bordeado de cerezos, que se llama así porque un filósofo japonés lo recorría a diario meditando. Si vas en primavera es una de las estampas más famosas del país; en verano no hay flor, pero hay sombra, agua corriendo y silencio, que en julio vale bastante más.

El sendero muere justo en Ginkaku-ji, el Pabellón de Plata, y aquí tengo una opinión que va contra la corriente. Nunca se recubrió de plata, a diferencia del de Oro, y ahí está precisamente su gracia: es la máxima expresión del wabi-sabi, esa idea japonesa de que lo austero e imperfecto es más bello que lo perfecto. Tiene un jardín de musgo espectacular y un cono de arena perfectamente rastrillado al que llaman "la montaña que mira a la luna".

Me gustó bastante más de lo que esperaba y, como experiencia completa, me pareció mejor que el Pabellón de Oro. Cierra a las cinco de la tarde, así que planifica la caminata para llegar con margen: es el broche exacto del día.

Sanjūsangen-dō, la gran sorpresa

Este no cae en la caminata, está algo más al sur, y es el que más gente se salta. Fue la mayor sorpresa de todo mi viaje a Japón, así que si me haces caso en una sola cosa de esta guía, que sea esta.

Es un salón de madera de ciento veinte metros de largo (el edificio de madera más largo de Japón) que guarda 1.001 estatuas de Kannon, la diosa de la misericordia, talladas en el siglo XIII a tamaño real, alineadas en diez filas ascendentes y cubiertas de pan de oro. Cada rostro es distinto, y la tradición dice que siempre acabas encontrando el de alguien que conoces. Cada figura tiene cuarenta brazos y cada brazo salva veinticinco mundos: de ahí lo de "los mil brazos". Delante hay veintiocho estatuas de guardianes que son obras maestras por sí solas. No se pueden hacer fotos dentro, a propósito, y se agradece.

Las mil una figuras de Kannon me impactaron más que varios monumentos mucho más famosos de Kioto. Y tiene una ventaja práctica: es interior. En verano, a las cuatro de la tarde, eso vale oro. Cierra a las cinco.

El canal de Shirakawa, en Gion
El canal de Shirakawa, en Gion

Arashiyama: el bambú es lo menos interesante

Al oeste de la ciudad está Arashiyama, que fue el lugar de retiro de la aristocracia hace mil años: venían aquí a escribir poesía y a escapar del calor. Sigue siendo lo mismo, solo que con muchísima más gente.

Y ahora lo que no esperaba: el bosque de bambú me decepcionó. Es un sendero entre cañas de veinte metros que se cierran sobre tu cabeza, y sobre el papel es magnífico (el sonido del viento entre el bambú está catalogado oficialmente por el gobierno japonés como uno de los cien paisajes sonoros a preservar del país). En la práctica es más corto y más estrecho de lo que las fotos sugieren, y la cantidad de gente reduce muchísimo la magia. Merece el paseo, pero no es lo mejor de Arashiyama ni de lejos.

Lo desarrollo, con la mañana entera reorganizada, en ¿está sobrevalorado el bosque de bambú?. Si aun así quieres que te funcione, solo hay una forma: ve antes de las nueve. A las ocho y media lo caminas casi solo; a las diez es una marea humana. Ese es el motivo real por el que este día se madruga.

Lo bueno es que todo lo demás de la zona sí está a la altura:

  • Tenryū-ji, el templo zen más importante de Arashiyama y Patrimonio de la Humanidad. Su jardín del siglo XIV está intacto y usa las montañas del fondo como parte del diseño, una técnica japonesa preciosa que se llama shakkei, "paisaje prestado". Su salida trasera te devuelve directamente al bambú.
  • Ōkōchi Sansō. Es la villa que se construyó en lo alto de la colina una estrella del cine mudo japonés de samuráis: jardines, casas de té y las mejores vistas de Arashiyama con Kioto al fondo. La entrada incluye un té matcha con un dulce. Cuesta un poco más que el resto y precisamente por eso está vacía.
  • El puente Togetsukyō, el "puente que cruza la luna", de cuatrocientos años, sobre el río y con las montañas detrás. Es la postal de la zona y el punto donde todo el mundo se encuentra.
  • Los templos del norte de Sagano. Subiendo un poco, lejos del gentío, hay una hilera de templos pequeños. Gio-ji es una cabaña con techo de paja en medio de una alfombra de musgo de un verde irreal, y Jōjakkō-ji trepa por la ladera entre arces.

Y ahora mi veredicto de la zona, que es contraintuitivo: Ōkōchi Sansō, Gio-ji y Jōjakkō-ji me gustaron más que el propio bosque de bambú. Fue en esos sitios donde recuperé la tranquilidad que esperaba encontrar en el bambú y no encontré. Si vas con el tiempo justo, sacrifica minutos de bambú y dáselos a estos.

El gran salón de madera del Tōdai-ji, en Nara
El gran salón de madera del Tōdai-ji, en Nara

El noroeste: Kinkaku-ji (el Pabellón de Oro) y Ryōan-ji

Por la tarde se sube al noroeste, donde están dos de los sitios más famosos de Japón, y donde toca la comparación que todo el mundo hace.

Kinkaku-ji, el Pabellón de Oro, es un pabellón de tres plantas recubierto de pan de oro auténtico que flota sobre un estanque que lo refleja entero. Fue la villa de retiro de un shogun del siglo XIV y tiene detrás una historia brutal: en 1950 un monje novicio lo quemó hasta los cimientos, obsesionado con su belleza, un episodio que Yukio Mishima convirtió en novela. Lo que ves hoy es la reconstrucción de 1955, a la que le pusieron cinco veces más oro que al original.

Es impresionante en el primer vistazo. Pero la visita es breve y muy dirigida: llegas, haces la foto, sigues un circuito de sentido único y se acabó. Ve a media tarde, que es cuando el sol le da de lleno y lo enciende. Lo mantendría en una primera visita, pero no reorganizaría el día alrededor de él.

Al lado está Ryōan-ji, el jardín de piedras más famoso del mundo: un rectángulo de grava rastrillada con quince rocas y nada más. La gracia es que desde cualquier punto de la terraza solo puedes ver catorce a la vez; siempre hay una escondida. Se dice que solo alcanzando la iluminación se ven las quince. Nadie sabe con certeza quién lo diseñó ni qué significa.

Me dejó frío. Entiendo perfectamente su valor intelectual, pero me costó conectar con él, sobre todo con gente alrededor moviéndose y hablando. Es un jardín para sentarse en silencio veinte minutos, y eso choca con las condiciones reales de la visita. Si te va la contemplación, resérvale el final del día, que es cuando está más tranquilo. Si sabes que no te va, sáltatelo sin remordimiento.

Entonces, ¿Oro o Plata? Si tuviera que quedarme con uno, me quedo con el Pabellón de Plata. El de Oro tiene el impacto visual y la foto; el de Plata tiene el jardín, la calma y algo que rumiar. Como experiencia completa, el segundo me dio bastante más. Si tienes que elegir uno, lo razono entero en Kinkaku-ji o Ginkaku-ji.

El camino de faroles de piedra de Kasuga Taisha, entre cedros
El camino de faroles de piedra de Kasuga Taisha, entre cedros

El centro, Pontochō y Gion: el Kioto de noche

El centro de Kioto se organiza alrededor del río Kamo, y es donde la ciudad deja de ser un museo y se convierte en un sitio donde vive gente. Es también, en mi opinión, donde Kioto es más bonita: al anochecer.

El mercado de Nishiki es la despensa de la ciudad: una calle cubierta de cuatrocientos metros con unos ciento treinta puestos y cinco siglos de historia, donde se pica de pie e ir de puesto en puesto. Encurtidos, tofu fresco, dulces, pescado, brochetas. Un aviso práctico: los miércoles cierra entre un tercio y la mitad de los puestos, así que si solo tienes un hueco para el mercado, que no sea ese día.

Pegado al río está Pontochō, un callejón estrechísimo de faroles rojos, y aquí está lo que para mí es la mejor experiencia de Kioto en verano. De mayo a septiembre, los restaurantes de este callejón montan terrazas de madera suspendidas literalmente sobre el río Kamo: se llaman kawayuka, es una tradición de siglos, y se cena al aire libre sobre el agua con la brisa del río. Solo existe en verano y mucha gente ni sabe que está ahí.

Fue una de las experiencias más personales de todo el viaje, con un matiz importante: lo que aportó fue el sitio, no la comida. Estar sobre el agua, con el callejón de faroles a la espalda y la ribera llena de gente enfrente, es lo que lo hace. No te obsesiones con acertar con el restaurante perfecto; elige uno con terraza y disfruta de dónde estás. Paralela a Pontochō corre Kiyamachi, la calle de bares junto a un canal, que es donde sigue la noche después de cenar.

Y luego está Gion, el barrio de geishas más famoso del mundo. Lo primero que hay que entender de Gion es que sigue siendo un barrio de trabajo. Las geiko (así se llaman en Kioto, no "geisha") y las maiko (las aprendizas) van a sus compromisos en las casas de té, no a hacerse fotos. Se mira, no se persigue: ha habido problemas serios de acoso y hay calles con la entrada restringida por eso.

Dicho eso, hay dos momentos que te recomiendo:

  • Entre las cinco y media y las seis y media de la tarde es cuando las maiko y geiko salen hacia sus citas por Hanami-kōji, la calle principal, de casas de té de madera de dos plantas con celosías y faroles. Es tu oportunidad realista de cruzarte con una.
  • De noche, y esto es lo que de verdad recomiendo. Gion me gustó bastante más de noche que de día: cuando desaparecen los grupos de turistas es mucho más fácil apreciar las casas de madera, los canales y los faroles encendidos. El rincón más bonito es el canal de Shirakawa, con sauces llorones volcados sobre el agua y un puentecito de piedra.

En el mismo barrio, dos paradas que encajan bien. Kennin-ji es el templo zen más antiguo de Kioto, de 1202, fundado por el monje que trajo el té verde a Japón desde China: literalmente, toda la cultura japonesa del té empieza aquí. Tiene un jardín seco precioso y un techo pintado con dos dragones entrelazados que ocupan la superficie de 108 tatamis. Y el santuario Yasaka, que preside el barrio, se llena al anochecer de cientos de faroles de papel encendidos, cada uno con el nombre del negocio que lo paga.

Una última recomendación de la zona, y es gratis: siéntate un rato en la ribera del río Kamo al atardecer. En verano la gente local se sienta en la orilla a charlar, en fila y a distancias curiosamente idénticas unos de otros. Es una costumbre tan establecida que tiene nombre propio, y es de las estampas más auténticas que vas a ver en Kioto.

Si quieres cerrar el día con un contraste radical, la estación de Kioto es un edificio futurista descomunal de cristal y acero de 1997, de casi medio kilómetro de largo, que escandalizó a la ciudad cuando se construyó. Tiene una escalinata iluminada de 171 escalones que sube hasta una terraza-mirador gratuita con vistas de toda la ciudad. Después de un día entero de madera y musgo, ver el Kioto del siglo XXI de noche te ordena el mapa mental de la ciudad.

Fushimi Inari: ve al atardecer, no por la mañana

Este es el santuario más fotografiado de Japón y probablemente la imagen que tienes en la cabeza cuando piensas en el país: unos diez mil torii bermellones (esas puertas naranjas) formando túneles que suben una montaña sagrada.

Merece la pena entender qué estás viendo, porque cambia la visita. El santuario está dedicado a Inari, dios del arroz y, por extensión, de la prosperidad y los negocios. Cada torii lo ha donado una empresa: si te giras y miras la parte de atrás, verás el nombre del donante y la fecha grabados. Los zorros de piedra que hay por todas partes son sus mensajeros, y llevan una llave en la boca: la del granero de arroz.

Fushimi Inari recibe diez millones de visitantes al año y de día es una cola humana entre los torii, con gente esperando turno para hacerse la foto. Pero abre las veinticuatro horas, es gratis y está iluminado, y a partir de las seis de la tarde se vacía por completo.

Subir al final de la tarde fue una de las mejores decisiones que tomé en Japón. Conforme ascendía había menos gente, cambiaba la luz y la experiencia mejoraba en cada tramo. Pasas de hacer cola a estar prácticamente solo, con los faroles encendidos y el bosque de noche alrededor.

Y algo importante: no hace falta llegar a la cima. El túnel más denso está nada más empezar, y subiendo unos treinta o cuarenta minutos llegas a un mirador con toda Kioto a tus pies. La cumbre está a unos cincuenta minutos y son escaleras. Yo acabé ajustando la subida según el calor y las piernas, y lo importante resultó ser alejarme de la entrada y recorrer los tramos tranquilos, no completar el recorrido. Sube hasta donde te apetezca y baja sin sentirte mal. (Aviso simpático: de noche puede haber jabalíes por el monte. No pasa nada, pero que no te pille por sorpresa.)

Nara: la excursión que sí merece el día entero

Si tienes cuatro días, dedícale uno completo a Nara. Fue la primera capital permanente de Japón, en el siglo VIII, antes que Kioto, y eso significa que sus templos son más antiguos y más colosales que todo lo que has visto estos días: el Gran Buda de quince metros del Tōdai-ji, alojado en un salón que durante mil años fue el edificio de madera más grande del mundo, no tiene equivalente en Kioto.

Nara se vende como "la ciudad de los ciervos" y por eso mucha gente la despacha en media mañana. Es un error. Los mil doscientos ciervos en libertad son la anécdota simpática de la entrada, y llevan su propio aviso: son bastante más insistentes de lo que sugieren las fotos, y en cuanto ven que llevas galletas se ponen pesados de verdad. Lo que justifica el día entero está en los templos, y sobre todo en dos sitios que a mí me ganaron: Nigatsu-dō, un pabellón de madera colgado en la ladera con la mejor vista de la ciudad, gratis y casi vacío; y Kasuga Taisha, un santuario bermellón escondido en un bosque de mil trescientos años, con tres mil faroles de piedra alineados entre los cedros.

Y hay una jugada logística que convierte el día en el mejor del viaje: Fushimi Inari está en la misma línea de tren entre Nara y Kioto. Haces Nara por la mañana y primera tarde y, a la vuelta, te bajas en Inari para subir los torii justo al anochecer, que es su mejor momento. Dos de los sitios más impresionantes del país en una jornada.

Cómo llegar, qué recortar si vas justo, cómo tratar a los ciervos, qué dejé fuera y por qué (incluida la pagoda que está tapada por andamios hasta 2034) lo tienes todo en la guía completa de la excursión a Nara.

Qué descarté y por qué

En Kioto, decidir qué no ver es tan importante como la lista de lo que ves, porque es literalmente imposible con todo. Estas son cosas conocidas que me planteé en serio y dejé fuera, con el motivo, por si te ahorro la deliberación:

  • El castillo de Nijō. La residencia del shogun en Kioto, de 1603, con salas decoradas con tigres y los famosos "suelos de ruiseñor" que chirrían al pisarlos para delatar intrusos. Aquí se anunció el fin del shogunato en 1868, así que es historia política pura. Lo dejé fuera porque compite directamente con el Pabellón de Oro y con la caminata de Higashiyama, y en un primer viaje esos ganan. Ojo si lo quieres ver: cierra un día entre semana según la temporada, compruébalo antes de ir.
  • El Palacio Imperial. Gratis, céntrico y ya no hace falta reserva, pero los edificios solo se ven por fuera y es de los sitios menos emocionantes de Kioto. Los templos le ganan por goleada. Si te apetece un parque grande donde sentarte, sirve; como visita, no.
  • Tōfuku-ji. Un complejo zen enorme con jardines modernos preciosos (uno de ellos es un tablero de ajedrez de musgo y piedra) y un puente sobre un valle de arces. Geográficamente encaja perfecto con Fushimi Inari. Lo descarté porque su fama es el otoño: ese valle de arces rojos es de las estampas más famosas de Japón, pero fuera de temporada es verde y bonito sin más. Si vas en noviembre, cambia mi consejo y ponlo.
  • El templo del musgo (Saihō-ji) y las villas imperiales de Katsura y Shugakuin. Jardines de primerísimo nivel, sobre todo el del musgo, cubierto por ciento veinte especies distintas. Los tres exigen reserva anticipada con plazas limitadas y hora fija, y el del musgo te obliga además a copiar sutras con pincel durante una hora antes de entrar. No encajaban ni con mi tiempo ni con mi ritmo. Si tienes claro que quieres alguno, reserva antes de cerrar los vuelos.
  • Kibune y Kurama. Dos pueblos de montaña al norte, a media hora en un tren local precioso, unidos por un sendero de una hora entre cedros, y con restaurantes que montan plataformas de madera sobre un río de montaña. Es entre cinco y diez grados más fresco que la ciudad, así que en verano es la joya menos obvia y más agradecida. Se lleva medio día largo, y con dos días y medio de Kioto eso significaba renunciar a Arashiyama o a Higashiyama. Es lo primero que metería con un día más.
  • El alquiler de kimono. Medio Higashiyama lo hace y las fotos son otra cosa, no lo niego. Con más de treinta grados y humedad es una tortura, y no va conmigo.
  • La ceremonia del té formal y los espectáculos culturales tipo Gion Corner. La ceremonia dura alrededor de una hora sentado y quieto, que choca frontalmente con cómo viajo yo. Y los espectáculos que te enseñan siete artes tradicionales en una hora son un "grandes éxitos" para autobuses, muy turístico y superficial. Si quieres probar el matcha en condiciones, en varios templos con jardín te lo sirven incluido en la entrada, sentado mirando el jardín, y sale mejor.
  • Uji, la capital mundial del matcha, con un templo que sale en la moneda de diez yenes. Está en la misma línea de vuelta desde Nara, así que era Uji o Fushimi Inari al atardecer, y ahí no había color. Con un día más, sería mi excursión.
  • El parque de monos de Arashiyama y el tren panorámico del desfiladero. El primero es una subida de veinte minutos hasta una cima con macacos en libertad y muy buenas vistas; el segundo es un tren antiguo de vagones abiertos que se puede combinar con una bajada del río en barca. Los dos son planes buenos de verdad. Los dos se comen media mañana, y esa media mañana era el bambú vacío y los templos del norte.

Y un descarte por acumulación que quizá te sirva: hay una decena de templos y santuarios excelentes al norte de la ciudad (complejos zen enormes, santuarios anteriores a que Kioto fuera capital, valles rurales con templos entre campos de arroz) que quedan descolgados de los ejes naturales del recorrido. Todos son buenos. Ninguno compensa el desplazamiento en un primer viaje de tres o cuatro días. Guárdalos para la segunda vez.

Dónde y qué comer en Kioto

Kioto es la cuna de la alta cocina japonesa, y aquí la comida importa tanto como los templos. La buena noticia es que no necesitas reservar sitios con meses de antelación: te basta con aprender cuatro platos y saber en qué zona buscar cada uno.

Lo que es de aquí:

  • Kaiseki — la alta cocina japonesa por estaciones, que nació precisamente en Kioto. Es caro, pero hay una forma de esquivarlo: los menús de mediodía de restaurantes buenos están muy por debajo del precio de su cena. Es la forma inteligente de probar cocina de Kioto sin arruinarte.
  • Yudōfu — tofu hervido en caldo de alga. Suena a poquísimo y está buenísimo; es el plato de los monjes zen. Se come sobre todo en Arashiyama y junto a Nanzen-ji.
  • Obanzai — la cocina casera de Kioto, de verduras y platillos variados. Es lo que come la gente de aquí a diario.
  • Kyo-yasai — las verduras de Kioto, que son una categoría gastronómica en sí misma, con variedades locales que no encuentras en otras partes de Japón.
  • Nishin soba — fideos de trigo sarraceno con arenque seco. Un clásico local que verás en las cartas y que casi nadie te explica.
  • Matcha y wagashi — Kioto y la vecina Uji son la capital mundial del té verde y del dulce tradicional japonés. Aquí el matcha no es una moda, es el sitio donde se hace.

Y lo mejor del verano: el kawayuka, las terrazas de madera sobre el río Kamo que te contaba arriba. De mayo a septiembre y solo en Pontochō. Si vas en esos meses, hazlo una noche.

Dónde buscar cada cosa:

  • Mercado de Nishiki: la despensa de la ciudad, para picar de puesto en puesto. Recuerda lo de los miércoles.
  • Pontochō: el callejón de faroles junto al río, y donde están las terrazas sobre el agua.
  • Kiyamachi: la calle de bares junto al canal, paralela a la anterior. Es la zona de después de cenar.
  • Gion: alta cocina y kaiseki. Caro, pero es donde está lo grande.
  • Arashiyama y la zona de Nanzen-ji: yudōfu, el tofu de los monjes.
  • Estación de Kioto: tiene una planta entera dedicada al ramen, con casas de distintas regiones de Japón compitiendo bajo el mismo techo. Muy resolutivo si llegas tarde o te vas temprano.
  • Nara, si haces la excursión: kakinoha-zushi, sushi envuelto en hoja de caqui, que se usaba para conservarlo antes de que existiera el frío. Y busca el mochi de la casa famosa del centro: lo golpean con mazos a una velocidad brutal y el espectáculo es parte de la compra.

No te doy restaurantes concretos a propósito. Resolví la comida por zonas, sin obsesionarme con locales, y en Kioto funciona igual de bien que en el resto de Japón: lo que importa es saber qué se come en cada barrio y dejarte llevar. Lo mismo, ciudad por ciudad, en qué y dónde comer en Japón.

En resumen

En Kioto cunde mucho más elegir bien y acertar con la hora que acumular templos. Estas tres reglas me sirvieron más que cualquier lista de monumentos:

  • Madruga para lo famoso. Kiyomizu-dera y el bosque de bambú son otra cosa antes de las nueve de la mañana.
  • Guarda los interiores y los recintos umbríos para el mediodía, sobre todo si vas en verano.
  • Deja para el anochecer lo que mejora sin gente: Fushimi Inari, Gion y las cuestas de Higashiyama iluminadas.

Y permítete renunciar a cosas, que a mí es lo que más me costó. Es imposible verlo todo, y el día que dejé de intentarlo empecé a disfrutar la ciudad. Si vas muy justo de tiempo, quédate con Higashiyama entero, Fushimi Inari al anochecer y una noche en el centro; lo demás lo guardas para una segunda visita, que en Kioto siempre la hay. Y si todavía estás montando la ruta completa, la tienes entera en la guía del viaje por Japón.

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