← Viaje

Qué ver en Hiroshima y Miyajima: la clave es dormir en la isla

Este fue el tramo del viaje que más me marcó, y por dos razones opuestas. Hiroshima es la mañana más dura que vas a pasar en Japón. Miyajima, esa misma tarde, es de las cosas más bonitas y silenciosas que he visto nunca.

Y hay una decisión que lo cambia todo, así que te la doy de entrada: duerme en Miyajima. Casi todo el mundo la visita en una excursión de día desde Hiroshima y se vuelve a dormir a la ciudad. Es un error. La isla se transforma cuando se van los últimos ferris.

Aquí va qué ver en Hiroshima y Miyajima, en qué orden y con el dato del que depende literalmente todo tu horario, que no es la hora de los trenes sino la tabla de mareas.

Por qué estos dos sitios van juntos

Están a cuarenta minutos el uno del otro y no se parecen en nada. Ese contraste es justo lo que hace el tramo.

Hiroshima no es una ciudad "bonita" al uso: es una ciudad reconstruida sobre una catástrofe, y su centro es un memorial. El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la bomba estalló a unos 600 metros de altura sobre la ciudad. Antes de que acabara el año habían muerto unas 140.000 personas. Lo que hoy es un parque tranquilo con niños jugando era el barrio más animado de la ciudad.

Miyajima, en cambio, lleva 1.400 años siendo sagrada. Y lo era hasta un extremo difícil de imaginar: no se permitía nacer ni morir en la isla. A las mujeres embarazadas y a los moribundos se los llevaba a tierra firme para no contaminar su pureza. No se podía talar un árbol, y todavía hoy no hay cementerios.

Ese último dato explica lo que vas a ver, y es lo que más me gustó entender antes de llegar: el santuario está construido sobre el agua precisamente por eso. Para que los peregrinos no tuvieran que pisar el suelo sagrado al llegar, entraban en barca, por debajo del gran torii. No es un capricho estético; es teología resuelta con carpintería.

¿En qué te afecta a ti? En que necesitas dos ritmos distintos en menos de veinticuatro horas. Y en que el día de Hiroshima, si lo haces bien, va a pesarte. Planifícalo sabiéndolo.

Las mareas: el dato que decide tu horario

Esto es lo más importante de toda la guía y casi nadie lo tiene en cuenta al planificar.

El Gran Torii de Miyajima es famoso por flotar sobre el agua. Pero eso solo pasa con la marea alta. Cuando la marea baja, el mar se retira y puedes caminar por la arena hasta ponerte justo debajo. Son dos experiencias completamente distintas del mismo sitio, y la mayoría de la gente solo ve una, porque va de día y se marcha.

Las reglas son sencillas:

  • El torii flota cuando la marea supera los 2,5 metros.
  • Puedes caminar hasta él cuando baja de 1 metro.

Lo que hice, y lo que te recomiendo copiar si duermes allí: llegué con la marea baja y caminé por la arena hasta tocar la madera; volví a las nueve de la noche, con la marea por encima de tres metros, y vi el mismo torii flotando e iluminado sobre la arena que había pisado tres horas antes; y a la mañana siguiente lo vi flotando otra vez, ya a plena luz.

Tres versiones del mismo sitio en menos de veinticuatro horas. Ver el torii primero caminando por debajo y después flotando fue lo que me hizo entender de verdad cómo funciona la isla, y es infinitamente más interesante que llegar, hacer la foto de siempre y marcharse.

Cómo se planifica: busca la tabla de mareas de Miyajima para tus fechas concretas (se encuentra fácil y es pública) antes de decidir la hora a la que sales de Hiroshima. En mi caso, la bajamar de la tarde mandaba salir de la ciudad a las tres y media, y eso condicionó la mañana entera. No al revés.

Cuánto tiempo necesitas

Un día completo y una noche, y la noche va en la isla. Con eso ves Hiroshima con calma por la mañana y Miyajima en sus tres momentos.

Si solo puedes hacerlo de paso, en un día sin dormir, el recorte honesto es este: quédate con el parque memorial y el museo por la mañana, cruza a Miyajima por la tarde y vete con lo que te dé tiempo. Verás una versión del torii en vez de tres y te perderás lo mejor, pero sigue mereciendo la pena.

Lo que no haría es sacrificar el museo para que quepa más isla.

Hiroshima: el parque, la cúpula y el museo

Todo el centro histórico de la visita está junto, se recorre andando y se llega en tranvía. Un detalle que dice mucho: algunos vagones del tranvía de Hiroshima son supervivientes de la bomba y siguen en servicio, transportando gente cada día.

La Cúpula Genbaku

Es el punto de partida. Era el Salón de Promoción Industrial, y la bomba estalló casi exactamente encima, a unos 160 metros. Precisamente por eso, al recibir la onda expansiva en vertical en lugar de lateralmente, la estructura no llegó a derrumbarse del todo y quedaron en pie su esqueleto y la cúpula desnuda. Todo lo que había alrededor desapareció.

Se decidió dejarla exactamente como quedó, congelada en ese momento. Hoy es Patrimonio de la Humanidad.

El Parque Memorial de la Paz

El parque se construyó sobre el barrio que la bomba borró. Se recorre despacio, y hay tres cosas que conviene saber para entender lo que estás viendo:

  • El Monumento a la Paz de los Niños está dedicado a Sadako Sasaki, una niña que desarrolló leucemia por la radiación y empezó a plegar mil grullas de papel creyendo que así se curaría. Murió a los doce años. Hoy llegan grullas de papel de escuelas de todo el mundo, por millones, y se exponen alrededor del monumento.
  • El Cenotafio guarda los nombres de las víctimas, y su arco está colocado de forma que enmarca exactamente la Cúpula al fondo. Ponte delante y lo verás.
  • La Llama de la Paz arde de forma continua desde 1964, y está previsto que se apague solo cuando desaparezca la última arma nuclear del mundo. Sigue encendida.

El Museo Memorial de la Paz

Fue la experiencia emocionalmente más intensa de todo mi viaje a Japón, y lo digo habiendo vetado prácticamente todos los demás museos de la ruta.

No es un museo de guerra ni de estrategia militar: es un museo sobre personas. Objetos cotidianos, relojes parados a las 8:15, un triciclo, ropa quemada, testimonios de supervivientes. Es duro. Hay gente que sale llorando, y eso incluye a bastantes visitantes que entraron pensando que sabían lo que iban a encontrar.

Reserva dos horas. Con menos, lo estás despachando.

Un apunte práctico: normalmente no hace falta reserva, salvo en los días alrededor del aniversario, a principios de agosto, cuando la ciudad se llena. Abre a primera hora de la mañana, y esa es buena hora para ir.

El consejo que ojalá me hubieran dado

Y aquí va la recomendación más útil que te puedo hacer de todo este tramo, porque a mí me pilló desprevenido.

Al salir del museo vas a necesitar tiempo. Yo tenía el día planificado al minuto y el salto inmediato a sentarme a comer y seguir visitando cosas se sintió raro, casi irrespetuoso conmigo mismo. No estaba listo para volver al modo turista.

Así que déjate un hueco. Siéntate en el parque un rato, camina sin rumbo por la orilla del río, no hables si no te apetece. No metas nada exigente justo después. Ese margen no es tiempo perdido: es parte de la visita.

La sorpresa: Hiroshima está muy viva

Con todo lo anterior, esto es lo que no esperaba y lo que más me alegro de contarte: Hiroshima me pareció una ciudad mucho más normal, viva y agradable de lo que imaginaba. Tiene calles comerciales llenas, tranvías, gente cenando en la calle y un ambiente estupendo.

Y esa normalidad, lejos de restarle peso a la historia, la hace todavía más fuerte. Es exactamente lo que la ciudad quiere que te lleves.

Shukkei-en, el jardín que volvió

Si te queda tiempo antes de cruzar a la isla, este es mi sitio recomendado, y encaja bien con el estado de ánimo de la tarde.

Es un jardín de 1620, con un estanque central y paisajes en miniatura. Estaba a 1,3 kilómetros del hipocentro: quedó arrasado y se convirtió en refugio para heridos, muchos de los cuales murieron allí. Se replantó, y hoy está vivo otra vez.

Busca los hibakujumoku, los "árboles supervivientes": los que resistieron la bomba y siguen creciendo, algunos con el tronco todavía inclinado por la dirección de la onda expansiva. Es la otra cara de la historia, y la que necesitas después del museo: no la destrucción, sino la obstinación de volver.

Cómo llegar a Miyajima

Es fácil: tren desde Hiroshima hasta el embarcadero (unos veinticinco minutos) y ferry (unos diez). Desde el propio ferry ya se ve el torii sobre el agua al acercarte, así que ve fuera, en cubierta.

Un consejo logístico que a mí me funcionó muy bien: deja la maleta en las taquillas de la estación de Hiroshima por la mañana, muévete ligero todo el día y recógela de camino al ferry. La estación tiene taquillas grandes de sobra.

Existe también un barco que conecta directamente el parque memorial con la isla, bajando el río y cruzando la bahía. Es más bonito, sí, pero lo descarté por dos motivos: tenía la maleta en la estación, así que tendría que volver igual, y ese servicio puede cancelarse con marea muy baja, que es exactamente la situación en la que querrás estar cruzando.

El Gran Torii de cerca

Cuando la marea lo permite y caminas por la arena hasta él, ves cosas que desde la orilla no se aprecian.

Mide dieciséis metros y pesa alrededor de sesenta toneladas. Y aquí está lo que más me sorprendió: no está clavado ni cimentado. Se sostiene únicamente por su propio peso, con los pilares apoyados sobre la arena. Las patas principales son de alcanforero, una madera que resiste la putrefacción, y tardaron años en encontrar dos árboles lo bastante grandes.

Fíjate en las grietas de la madera: están llenas de monedas incrustadas que la gente deja pidiendo suerte.

Y luego, de noche, vuelve. El torii iluminado sobre el agua negra, con el santuario cuyos pilares y pasarelas parecen levitar, y la isla completamente vacía, es de las cosas más bonitas y silenciosas de todo Japón. La inmensa mayoría de la gente que dice haber visitado Miyajima no lo ve jamás.

Ah, y un extra que no esperaba: los ciervos. Hay ciervos en libertad por toda la isla, más tranquilos que los de Nara, y de noche deambulan por las calles desiertas. Cruzarte con ellos a oscuras, sin nadie alrededor, fue una de las imágenes más raras y personales del viaje.

El santuario, el pabellón vacío y la joya escondida

Por la mañana, con la marea otra vez alta, toca ver el santuario por dentro.

Itsukushima es un complejo de pabellones de madera bermellón unidos por pasarelas sobre el mar, del siglo XII. Abre muy temprano, así que ve a primera hora: a las ocho de la mañana lo tienes casi vacío, y dos horas después está lleno.

Justo encima está el Senjōkaku, y es una de esas rarezas que se te quedan. Es un pabellón de madera enorme y vacío: lo mandó construir Toyotomi Hideyoshi en 1587 para recitar sutras por los caídos en sus guerras, y murió antes de que lo terminaran. Así que se quedó sin techo acabado y sin paredes, abierto por los cuatro costados. Hoy es un salón de 857 tatamis con el suelo pulido, brisa cruzada y vistas sobre los tejados y el mar. Del techo cuelgan cientos de exvotos. Cuesta veinte minutos y no se parece a nada de lo que hayas visto en Kioto. (Aviso: la pagoda de cinco pisos que tiene al lado está envuelta en andamios de restauración; compruébalo antes de contar con esa foto.)

Y ahora la joya escondida de la isla, que además es gratis: el templo Daishō-in, en la ladera. Me gustó más que el propio santuario Itsukushima, y lo digo sabiendo que suena a herejía.

Tiene una escalera flanqueada por cientos de estatuas de rakan, cada una con una cara distinta (busca las tuyas, hay de todo, incluidas algunas muy graciosas); unas ruedas metálicas giratorias a lo largo del pasamanos que, según la tradición, girarlas equivale a haber leído los sutras enteros; una cueva subterránea iluminada por cientos de linternas con 88 iconos, que reproduce una peregrinación famosa; y un mandala de arena hecho por monjes tibetanos.

Es un sitio con muchísimos más rincones y rarezas que el santuario, y con muchísima menos gente. Está de camino al teleférico, así que no hay excusa.

El Monte Misen, con un aviso honesto

La montaña sagrada de la isla, de 535 metros, donde el fundador de esta rama del budismo meditó durante cien días en el siglo IX. Desde arriba se ve todo el Mar Interior salpicado de islas, y es espectacular.

Pero es más duro de lo que parece sobre el papel, y esto es lo que quiero avisarte. Yo lo subí usando el teleférico y aun así se me hizo largo y exigente. La cuenta real es esta: unos veinte minutos andando hasta la estación de abajo, dos tramos de teleférico con transbordo, y luego otros treinta minutos a pie hasta la cumbre de verdad, en cada sentido. En total, más de dos horas largas contando esperas.

Las vistas compensan, pero con calor y humedad se disfruta bastante menos. Si vas en verano, plantéatelo con honestidad. Y si te tira el senderismo, la fórmula que recomiendan y que tiene todo el sentido es subir en teleférico y bajar andando, no al revés.

Por el camino hay algo que merece la parada: el Reikadō, un pabellón donde arde una llama que, según la tradición, lleva encendida 1.200 años sin apagarse nunca. Y aquí se cierra el círculo del viaje: de esa llama se tomó el fuego de la Llama de la Paz que viste ardiendo en Hiroshima por la mañana.

(Una corrección a lo que quizá hayas leído: no cuentes con ver monos. La mayoría fueron retirados de la isla hace tiempo y verlos hoy es raro. Ciervos, todos los que quieras.)

Dormir en un ryokan

Pasé la noche en un ryokan, el alojamiento tradicional japonés, y fue de las experiencias que más se acercaron al Japón que imaginaba antes de ir: el tatami, el futón en el suelo, el yukata, el ambiente de la casa y la comida.

Un aviso práctico importante que conviene resolver antes de reservar: muchos ryokan sirven cena tradicional a hora fija, normalmente entre las seis y las siete y media de la tarde, y en Miyajima es muy habitual. Confírmalo, porque cambia la noche entera. Si la incluye, la jugada es cenar pronto y salir después al torii iluminado, que es todavía mejor plan.

Qué y dónde comer

Aquí se come muy bien, y hay cuatro cosas que son de aquí y de ningún otro sitio:

  • Okonomiyaki estilo Hiroshima — el plato de la ciudad y una de las grandes comidas de Japón. No lo confundas con el de Osaka: aquí no se mezcla la masa, se monta por capas (un crepe finísimo, una montaña de col, panceta y fideos yakisoba dentro), y te lo hacen delante en la plancha. Probé las dos versiones en el mismo viaje y me quedo con el de Hiroshima, por las capas y por los fideos (aquí los comparo en detalle). En el centro hay edificios enteros llenos de puestos, cada uno con su plancha.
  • Ostras — Hiroshima produce alrededor del 60% de las ostras de Japón. En Miyajima las hacen a la brasa en los puestos de la calle, y también las encuentras dentro del okonomiyaki o en pan de curry.
  • Anago-meshi — la especialidad de Miyajima: anguila de mar a la brasa con salsa dulce de soja, sobre arroz. Es más delicada que la anguila de río que se come en el resto de Japón.
  • Momiji manju — el dulce emblema de la isla: un bizcochito con forma de hoja de arce relleno de pasta de judía roja, y también de crema o chocolate. Búscalo frito, que es la versión buena, o recién hecho en los puestos.

Las dos zonas están claras: el centro de Hiroshima para el okonomiyaki, y la calle que va del embarcadero al santuario en Miyajima, unos 350 metros de puestos donde se come de pie mientras caminas.

Qué descarté y por qué

  • El castillo de Hiroshima. El original, que estaba a 900 metros del hipocentro, se desintegró; lo que hay hoy es una reconstrucción de hormigón de 1958. Los terrenos son gratis y tienen árboles supervivientes, así que si te sobra tiempo, pasa. Yo elegí el jardín, y no me arrepiento: solo cabía uno de los dos, porque la marea mandaba.
  • La isla de los conejos. Una isla cercana con cientos de conejos en libertad que fue una fábrica secreta de gas venenoso durante la guerra. La historia es fascinante y la estampa curiosísima, pero está a hora y media y se lleva medio día. Imposible con un día.
  • Iwakuni y su puente de cinco arcos de madera del siglo XVII, una obra maestra de carpintería que además queda de camino. No había hueco: el primer día iba contrarreloj por la marea y el segundo tocaba viajar.
  • Subir andando al Misen. Hay tres rutas de senderismo de hora y media o dos horas, y la más bonita sube justo desde Daishō-in. Con más de treinta grados y humedad me habría dejado sin fuerzas para el resto del día.
  • Madrugar para ver el amanecer desde la cumbre. Durmiendo en la isla se puede hacer, y debe de ser espectacular, pero el teleférico no abre tan temprano: habría que subir a oscuras andando.

En resumen

Si tu ruta por Japón pasa por Hiroshima, no lo hagas en el día. Duerme en Miyajima. No cuesta tiempo extra, solo cambia dónde pones la cabeza esa noche, y convierte un icono muy fotografiado en algo que casi nadie llega a ver.

Y planifica al revés de como lo harías normalmente: mira primero la tabla de mareas de tus fechas, decide a qué hora tienes que estar en la isla y coloca Hiroshima alrededor de eso.

Una última cosa. El día tiene un desnivel emocional muy fuerte, del museo por la mañana al torii iluminado por la noche. A mí me funcionó precisamente por eso, pero ve preparado: deja aire después del museo y no intentes que la mañana sea eficiente.

Vienes desde Kioto en hora y media de tren directo, y cómo encaja este tramo en el conjunto lo tienes en el itinerario de 14 días y en cuántos días necesitas.

De todas las noches del viaje, si tuvieras que dejar una fija en el calendario antes que ninguna otra, sería esta.

Artículos